La Hermandad de la Sábana Santa salió publicada en 2004 y es la primera novela de la escritora Julia Navarro, una novela de intriga en torno a la Sábana Santa con la que haremos un recorrido histórico desde la actualidad hasta la época de Jesucristo.
Todo empieza con un incendio en la catedral de Turín, donde se venera la Sábana Santa, y la muerte en él de un hombre al que habían cortado la lengua son los detonantes de una trepidante investigación policial del Departamento de Arte, capitaneado por el detective Marco Valoni. Junto a la perspicaz y atractiva historiadora Sofia Galloni y una periodista ávida de preguntas, el grupo de Valoni deberá resolver un enigma que arranca de los templarios y llega hasta la actualidad.
Una trama que tiene como nexo de unión una secreta hermandad de hombres mudos y a una élite de hombres de negocios, solteros, cultos, refinados y muy poderosos. Los investigadores no cejarán en su empeño hasta demostrar que los sucesos de la catedral están conectados con la Sábana Santa y con las vicisitudes que ha vivido a lo largo de la historia, desde Jesucristo al antiguo imperio bizantino, la nueva Turquía, la Francia de Felipe el Hermoso, España, Portugal y Escocia…
La autora combina elementos históricos con los mejores ingredientes del género del misterio para ofrecer una novela trepidante y muy inteligente, que mantendrá al lector en vilo desde la primera página.
Fragmento de la novela
2
El fuego empezaba a morder los bancos de los fieles, mientras el humo envolvía en penumbras la nave principal. Cuatro figuras vestidas de negro avanzaban presurosas hacia una capilla lateral. Desde una puerta cercana al altar mayor un hombre se retorcía las manos. El pitido agudo de las sirenas de los bomberos se escuchaba cada vez más cerca. En cuestión de segundos irrumpirían en la catedral, y eso significaría un nuevo fracaso.
Sí, ya estaban aquí; así que presuroso corrió hacia las figuras de negro instándolas a que corrieran hacia él. Una de las figuras continuó avanzando, mientras que las otras, asustadas, retrocedieron ante el fuego que las empezaba a rodear. Se les había acabado el tiempo. El fuego había avanzado más deprisa de lo que habían calculado. La figura que insistía en llegar a la capilla lateral se vio envuelta por las llamas. El fuego le iba prendiendo, pero sacó fuerzas para arrancarse la capucha con que ocultaba el rostro. Las otras intentaron acercarse, pero no pudieron, el fuego lo ocupaba todo y la puerta de la catedral estaba cediendo ante el empuje de los bomberos. A la carrera siguieron al hombre que los esperaba tembloroso junto a una puerta lateral. Huyeron en el mismo segundo en que el agua de las mangueras irrumpía en la catedral, mientras la figura envuelta por el fuego ardía sin emitir sonido alguno.
De lo que no se habían dado cuenta los fugitivos es de que otra figura que se ocultaba entre las sombras de uno de los púlpitos había seguido atentamente cada uno de sus pasos. Llevaba en la mano una pistola con silenciador que no había llegado a disparar.
Cuando los hombres de negro desaparecieron por la puerta lateral, bajó del púlpito, y antes de que los bomberos le pudieran ver accionó un resorte oculto en una pared y desapareció.
* * *
Marco Valoni aspiró el humo del cigarrillo que se mezclaba en su garganta con el humo del incendio. Había salido a respirar mientras los bomberos terminaban de apagar los rescoldos que aún humeaban junto al ala derecha del altar mayor.
La plaza estaba cerrada con vallas y los carabinieri contenían a los curiosos que intentaban saber qué había pasado en la catedral.
A esas horas de la tarde, Turín era un hervidero de gente que quería saber si la Sábana Santa había sufrido algún daño.
Había pedido a los periodistas que acudieron a cubrir el suceso que tranquilizaran a la gente: la Síndone no había sufrido ningún daño.
Lo que no les había dicho es que alguien había muerto entre las llamas. Aún no sabía quién.
Otro incendio. El fuego perseguía a la vieja catedral. Pero él no creía en las casualidades y la de Turín era una catedral donde sucedían demasiados accidentes: intentos de robo y, que él recordara, tres incendios. En uno de ellos, acontecido después de la Gran Guerra, encontraron los cadáveres de dos hombres abrasados por las llamas. La autopsia determinó que ambos tenían alrededor de veinticinco años; que, además del fuego, habían muerto por disparos de pistola. Y por último, un dato espeluznante: no tenían lengua, se la habían extirpado mediante una operación. Pero ¿por qué? ¿Y quiénes les habían disparado? No habían logrado averiguar quiénes eran. Caso sin resolver.
Ni los fieles ni la opinión pública sabían que la Síndone había pasado grandes períodos de tiempo fuera de la catedral en el último siglo. Quizá por eso se había salvado de los efectos de tantos accidentes.
Una caja fuerte de la Banca Nacional había servido de refugio a la Síndone, y de allí sólo había salido para las ostensiones, y siempre bajo estrictas medidas de seguridad. Pero a pesar de dichas medidas de seguridad, en distintas ocasiones la Sábana había corrido peligro, verdadero peligro.
Aún se acordaba del incendio del 12 de abril de 1997. ¡Cómo no lo iba a recordar si aquella madrugada se estaba emborrachando con sus compañeros del Departamento del Arte!
Tenía entonces cincuenta años y acababa de superar una delicada operación de corazón. Dos infartos y una operación a vida o muerte fueron argumentos suficientes para dejarse convencer por Giorgio Marchesi, su cardiólogo y cuñado, de que debía dedicarse al dolce far niente o, como mucho, solicitar un puesto tranquilo, burocrático, de esos en los que pasas el tiempo leyendo el periódico y a media mañana puedes tomarte sin prisas un capuchino, en algún bar cercano.
Pese a las lágrimas de su mujer había optado por lo segundo. Paola insistía en que se retirara; le halagaba diciéndole que ya había llegado a lo más alto en el Departamento del Arte —era su director— y que podía dar por culminada una brillante carrera y dedicarse a disfrutar de la vida. Pero él se resistió. Prefería poder ir todos los días a una oficina, la que fuera, a convertirse con cincuenta años en un trasto jubilado. No obstante, dejaba su cargo de director del Departamento del Arte, y aquella madrugada, pese a las protestas de Paola y de Giorgio, se había ido a cenar y a emborracharse con sus compañeros. Los mismos con los que en los últimos veinte años había compartido catorce, quince horas al día, persiguiendo a las mafias que trafican con obras de arte, descubriendo falsificaciones y protegiendo, en definitiva, el inmenso patrimonio artístico de Italia.
El Departamento del Arte era un órgano especial que depende […]
Espero vuestros comentarios y opiniones.
Julia Navarro es una de mis escritoras favoritas y, quizá, este sea el libro suyo que más me guste. Aunque la competición esta muy reñida con los demás porque son todos maravillosos.
Hola
Primero agradecerte tu comentario y participación. De las novela de Julia Navarro que llevo leídas esta es también la que mas me ha gustado (de momento). Espero que seguir contando con tus comentarios.
Un Saludo.